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Crónica de una salida centenaria

Un siglo después, la historia volvía a escribirse. La Hermandad de los Estudiantes conmemoraba en esta Semana Santa el centenario de su primera estación de penitencia desde la Universidad, reviviendo tradiciones que parecían suspendidas en el tiempo: rezos íntimos y confesiones en los patios del Rectorado como prólogo espiritual de una jornada largamente esperada.

Foto: Xisco Pol

A las seis y media de la tarde, con puntualidad solemne, se abrían las puertas del vestíbulo universitario. Una abarrotada calle San Fernando aguardaba el discurrir de los nazarenos de ruán negro en un Martes Santo radiante, marcado por el sol intenso y temperaturas elevadas, tras dos años en los que la lluvia había impedido la salida de la cofradía.

Foto: Xisco Pol.

Minutos antes de las siete (18.57 horas), el Santísimo Cristo de la Buena Muerte se hacía presente en la calle, elevado sobre su histórico paso de caoba, que alcanzaba también su centenario. El exorno floral, compuesto de claveles rojos sangre de toro, contrastaba con la cera tiniebla de sus cuatro hachones, que comenzaba a chorrear al compás de las primeras mecidas. Para realzar los cien años de su primera salida, el Crucificado de Juan de Mesa salió a la calle a los sones de la marcha “Cristo de la Buena Muerte”, obra de José Albero Francés, interpretada por la Banda de Música de Nuestra Señora del Águila.

Foto: Pablo Lastrucci

El cortejo, integrado por 2.651 hermanos (según el registro de papeletas de sitio), avanzaba con orden y sobriedad por la Avenida de la Constitución, buscando el Postigo del Aceite a través de un itinerario que lo condujo por Adolfo Rodríguez Jurado, la plaza del Ministro Indalecio Prieto, Tomás de Ibarra y el Almirantazgo.

Foto: Pablo Lastrucci

Pasadas las siete y media (19.35 horas), salía el paso de palio de María Santísima de la Angustia, con la candelería completamente encendida y un delicado exorno de clavellinas blancas. La dolorosa, obra de Juan de Astorga, lucía sobre su pecho la medalla de la Universidad de Sevilla, acompañada de un puñal de oro y la cruz pectoral donada por la cuadrilla de costaleros, de oro y rubíes.

Foto: Xisco Pol

Ambos pasos se detuvieron en la Capilla de la Inmaculada Pura y Limpia del Postigo, donde fueron recibidos por la junta de gobierno de la hermandad homónima. Allí, el capataz Antonio Santiago dedicó una levantá a la Virgen María, primer sagrario de Dios, antes de reemprender la marcha.

Foto: Pablo Lastrucci

Los pasos también se detuvieron ante el Convento de San Buenaventura, en la calle Carlos Cañal, donde la cofradía fue recibida por la Hermandad de la Soledad en un gesto de fraternidad.

Foto: Pablo Lastrucci

El avance hacia la Carrera Oficial se vio condicionado por los retrasos acumulados durante la jornada. Así, aunque la cruz de guía alcanzó la Plaza de la Campana quince minutos antes de las nueve, la solicitud de venia, prevista a las 21.49 horas, hubo de demorarse hasta las 22.09.

Foto: Pablo Lastrucci

Ya en la Catedral, el proyecto Vía Sacra aportó una nueva dimensión al tránsito de la cofradía por el templo metropolitano, realzando el recogimiento de nazarenos y la solemnidad de las Sagradas Imágenes. El arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, recibió a los dos pasos en la Puerta de San Miguel y, en un gesto significativo, llegó a tocar el martillo del paso de palio a petición del capataz Antonio Santiago.

Foto: Pablo Lastrucci

En el interior del templo catedralicio, la Coral de la Hermandad puso voz al recogimiento, acompañando las lecturas litúrgicas y contribuyendo a un ambiente de profunda espiritualidad. A las 0.47 horas, con algo más de media hora de retraso sobre el horario previsto, el paso de palio abandonaba la Catedral por la Puerta de los Palos.

El regreso al Rectorado estuvo marcado por la belleza del recorrido. El itinerario por la Plaza del Triunfo, Miguel Mañara y la Plaza de la Contratación ofreció estampas de gran belleza, especialmente en la Lonja universitaria, donde la luz de los cirios al cuadril rompía la oscuridad con una atmósfera íntima y sobrecogedora cuando la procesión tocaba a su fin.

En el apartado musical, la jornada destacó por la cuidada selección de marchas que acompañó el discurrir de la Virgen de la Angustia, en las que se combinaron piezas clásicas del repertorio con la recuperación de composiciones de especial significado para la hermandad, como la marcha “Rocío”, que volvió a sonar en la plaza del Triunfo.

Uno de los momentos más emotivos llegó con la saeta de Cristina Galán, que, desde una ventana del Rectorado, cantó al Cristo de la Buena Muerte. Poco después, al son de “Virgen de los Estudiantes”, de Abel Moreno, el paso de palio completaba su última revirá frente a la fachada barroca de la antigua Real Fábrica de Tabacos. Desde el interior del vestíbulo del Rectorado, la saetera volvió a dejar su impronta, esta vez con una saeta dedicada a María Santísima de la Angustia, en un instante íntimo que puso el broche de oro a esta salida centenaria.

A las dos y trece de la madrugada, la Hermandad daba por concluida su estación de penitencia, cerrando una jornada marcada por la emoción, la memoria y la celebración de un siglo de historia.

En cuanto a incidencias, cabe señalar que algunos integrantes del cortejo precisaron atención médica o se vieron obligados a interrumpir momentáneamente su estación debido al calor y al cansancio, sin que se produjeran incidentes de mayor gravedad.

Cabe destacar que, a la salida de la cofradía, por primera vez se delimitó un espacio reservado de sillas para hermanos/as que no han podido acompañar a nuestros Titulares a la Catedral, destacando la recaudación de un importante donativo que se destinará a nuestra Acción Social.